Docencia - Cursos de Posgrado

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Investigación en Psicoanálisis
Grupo de Investigación Clínica

Días Jueves de 18.45 a 21.45 hs.

Coordinación General: Gabriel O. Pulice - Oscar Zelis - Más info

1. Introducción a la problemática de la investigación en psicoanálisis.
2. El valor de la formulación de preguntas para la orientación de la investigación psicoanalítica. Delimitación del tema de interés a investigar a partir del trabajo de decantación por parte de cada analista investigador de una pregunta propia y singular acerca de la investigación clínica en Psicoanálisis y Salud Mental.
3. Nociones generales acerca del diseño del Plan de Investigación. Construcción del mismo por parte de cada analista / investigador.
4. Consulta bibliográfica. Trazado de un recorrido de lecturas específico y singularizado para el abordaje del tema propuesto, a partir de la entrevista personal con un Consultor especialmente designado.
5. Tutoría / Supervisiones periódicas del estado de investigación en su articulación teórico-clínica. Supervisión de casos, focalizada en el tema investigado por cada analista.
6. Elaboración de la tesis. Apoyatura para la escritura del resultado de la investigación y su publicación y difusión.

Dirigido a: Practicantes de la orientación freudiana-lacaniana interesados en investigar las interrogaciones de su quehacer, que posean experiencia clínica y formación teórica anterior.
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Frencuencia: Semanal
Con derivación de pacientes para los participantes de cursa regular
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1- Introducción a la problemática de la investigación psicoanalítica.
La relación entre el Psicoanálisis y la Investigación presenta diversos puntos de tensión y complejidad, y su articulación no ha sido aún suficientemente establecida. Algo similar, sucede al indagar la conexión entre el psicoanálisis y la ciencia. Resulta oportuno, entonces, y como paso previo a la consideración de la especificidad de la metodología de la investigación psicoanalítica, examinar tales complejidades y tensiones.
En este contexto, una primera línea de interrogación a abordar está referida, precisamente, al lugar de la investigación en el campo del psicoanálisis, habida cuenta de las polémicas planteadas en torno del tema por parte de los mismos psicoanalistas. En segundo lugar, decíamos, hay una pregunta fuerte acerca de cómo pensar la relación entre el psicoanálisis y las ciencias, desprendiéndose de ello la necesidad de reformular las coordenadas y la metodología propias de la investigación en nuestro campo. Resulta interesante situar algunas cuestiones relativas a la singularidad del objeto de la investigación psicoanalítica, el objeto del psicoanálisis —y en este punto, conviene situar que ese real que aborda el psicoanálisis a partir del descubrimiento freudiano del inconsciente, es un real que ninguna ciencia llega a teorizar y a conceptualizar. Por último, resulta imprescindible abordar la singularidad de la investigación planteada desde la perspectiva del lugar del analista en el devenir de un caso, en todo lo que se pone en juego para que sus intervenciones alcancen alguna eficacia: ¿Debe interesarle al psicoanalista la búsqueda, por la vía de la investigación, de alguna eficacia clínica? Pregunta que, sin dudas, tiene fuertes connotaciones éticas.

2. Sobre la investigación, el psicoanálisis y la ciencia.
Respecto del lugar de la investigación en el campo del psicoanálisis, podemos observar que él es, en apariencia, mucho más claro en Freud que en Lacan, quien, en determinado momento, llega incluso a decir: «…Quisiera, desde ahora, evitar un malentendido. Se me dirá: de todas maneras, el psicoanálisis es una investigación. Pues bien, permítaseme enunciar, incluso para los poderes públicos, para quienes este término de investigación, desde hace algún tiempo, parece servir de schibbolet, de pretexto para unas cuantas cosas, que no me fío de dicho término. En lo que a mí respecta, nunca me he considerado un investigador. Como dijo una vez Picasso, para gran escándalo de quienes lo rodeaban: no busco, encuentro» (Lacan, 1963 / 1964). Antes de examinar el contexto en que irrumpe esta afirmación tan fuerte de Lacan, y cual es su alcance, observamos que Freud, por su parte —y sin ambigüedades—, desde el inicio mismo de la experiencia psicoanalítica asigna a la investigación un lugar esencial: «En el psicoanálisis existió, desde el comienzo mismo, un nexo inseparable entre curar e investigar… El conocimiento aportaba el éxito, y no era posible tratar sin enterarse de algo nuevo, ni se ganaba un esclarecimiento sin vivenciar su benéfico efecto. Nuestro procedimiento analítico es el único en que se conserva esta conjunción. Aquellos conocimientos que se haya logrado adquirir en el camino de un análisis, se encontrarán transformados en poder terapéutico» (Freud,  l926). Más allá de esta aparente controversia —que más adelante habrá ocasión de esclarecer—, hay algunos aspectos de la investigación psicoanalítica que continúan resultando problemáticos: ¿De qué manera se puede sistematizar el conjunto de los conocimientos que el psicoanálisis va acopiando? ¿Cómo articular las herramientas teóricas y técnicas que se van produciendo? En suma, dado que en psicoanálisis se trata de la singularidad del sujeto, entonces ¿qué del tratamiento de un sujeto puede tener alguna utilidad para el tratamiento de otro(s) sujeto(s)? Se podrían reformular estos interrogantes del siguiente modo: ¿Puede pensarse la investigación en psicoanálisis en los mismos términos que la investigación científica? —pregunta que es solidaria de otra que, en cierto sentido, la precede: ¿es el psicoanálisis una ciencia? Finalmente: ¿Podría formularse y sistematizarse, para el psicoanálisis, un método específico de investigación? Retomamos en este punto aquella incomodante cita de Lacan recién mencionada. Conviene entonces aclarar que cuando se refiere al término investigación como schibbolet, como «pretexto para unas cuantas cosas», está haciendo alusión específicamente a las investigaciones subvencionadas por el Estado —en aquellos momentos, en Francia— en el área de Psicología y Psiquiatría, cuyos «investigadores» se eternizaban en su labor, de dudoso interés científico, a cambio de seguir recibiendo el pago de una beca. Más allá del momento en el que pronuncia estas palabras —él mismo se considera excomulgado de la IPA—, interesa ubicar que lo que está cuestionando en el inicio de ese, su primer seminario dictado por fuera de todo anclaje con las instituciones psicoanalíticas «oficiales» de la época, son los fundamentos mismos del psicoanálisis, qué lo funda como praxis, qué sería necesario exigirle para estar autorizado a llamarse ciencia: «Lo específico de una ciencia, es tener un objeto. Puede sostenerse que una ciencia se especifica por un objeto definido, al menos, por cierto nivel operativo, reproducible, al que se llama experiencia. Pero hay que ser muy prudentes porque este objeto cambia, y de manera singular, en el curso de la evolución de una ciencia. No se puede decir que el objeto de la física moderna es el mismo ahora que en el momento de su nacimiento, el cual (…) es para mí el siglo XVII. Y el objeto de la química moderna, ¿es acaso el mismo que el del momento de su nacimiento, que sitúo en Lavoisier?» (Lacan, 1963 / 1964). Precisamente, el objeto es aquello que él mismo acababa de delimitar —hasta puede decirse: de descubrir— en su seminario del año anterior: el objeto a (Lacan, 1962 / 1963). Claro que se trata de un objeto muy particular, que no es posible compararlo con ningún otro objeto. Lo cual nos plantea ciertas dificultades para precisar cuál es el objeto del psicoanálisis: éste sería, tan sólo dos años después, el tema central de su decimotercer seminario, El objeto del psicoanálisis. Es necesario ubicar, no obstante, que lo que a Lacan le interesa en ese momento, es poder diferenciar el campo del psicoanálisis del de las ciencias positivas, en tanto es allí hacia dónde parecen pretender conducir al psicoanálisis justamente aquellos por los que él fue excomulgado. Y es en este sentido que va a deslindar, en el campo de la investigación llamada científica, dos dominios: el dominio donde se busca —que va a situar como emparentado al registro religioso—, y el dominio donde se encuentra —que podemos relacionar con la Heurística.
Por otra parte, resulta oportuno recordar algo que Lacan señaló en su ponencia del año 1953, conocida como el Discurso de Roma: «…no parece ya aceptable la oposición que podía trazarse de las Ciencias Exactas con aquellas para las cuales no cabe declinar la apelación de conjeturales». Para Lacan no habría tal oposición, a falta de un fundamento para ello, ya que «la exactitud se distingue de la verdad, y la conjetura no excluye el rigor». Y si la ciencia experimental toma de la matemática su exactitud, su relación con la naturaleza no deja por ello de ser problemática. Lo cual sitúa claramente como falaz la posición según la cual el investigador quedaría obligado a optar definitiva e irremediablemente por uno u otro paradigma —es decir, el paradigma de las ciencias «galileanas», o el de las ciencias conjeturales. En todo caso, y dado que según lo dicho al comienzo, la investigación en psicoanálisis no se puede asimilar punto por punto a la de ninguna otra práctica científica —en la medida que su objeto no es comparable al de ninguna ciencia—, es preciso considerar si ella no requerirá de la formulación de un nuevo paradigma o, simplemente, de un posicionamiento distinto por parte del psicoanalista investigador respecto de esos mismos paradigmas que, actualmente, mantienen su tensa vigencia.
Por último, si nos remitimos al inconmensurable avance científico alcanzado en la actualidad en el campo de la genética y de la biología —nos referimos al desciframiento completo del genoma humano—, también podemos preguntarnos: ¿aquellos fenómenos subjetivos que no se lleguen a explicar a través de ese monumental trabajo, no quedarán por fin despejados como un campo abierto en forma legítima a una investigación que, sin desechar ese saber conquistado, pueda confrontarse con los enigmas que aún allí permanezcan abiertos?

3. El valor de la investigación para la práctica psicoanalítica.
Se reintroduce de este modo cierta polémica, acerca de si debe interesarle al psicoanalista la búsqueda, por la vía de la investigación, de alguna eficacia clínica. Como se puede observar, hay, desde hace algún tiempo, un renovado interés respecto de estos términos —«eficacia» e «investigación»—, los cuales en algunos ámbitos del psicoanálisis de orientación lacaniana parecían ser tomados como algo ajeno a la práctica analítica. Respecto de la eficacia, resultaba frecuente escuchar la afirmación de que si ella venía, era sólo «por añadidura». En cuanto a la investigación, la conocida proclama de Lacan en el comienzo del seminario de 1964 —a la que ya se ha hecho referencia— resultó lapidaria, y aquello que apuntaba a poner en evidencia cierto mecanismo perverso de la actividad científica vinculada al andamiaje académico e institucional en esa época en Francia, terminó cristalizándose en forma inadecuada en el concepto de «investigación», como si hubiera sido la palabra «investigación»  la causante de esa corruptela. Por otra parte, si bien el dispositivo de carteles propuesto por Lacan heredó en buena medida ese prestigio que la investigación había perdido, sin embargo, y contra la voluntad del maestro, terminó heredando también —al menos en un importante número de casos— algunos de sus peores vicios. La polémica en torno del tema no está concluida: hay quien aún sostiene que al psicoanalista no debiera interesarle ni la carrera hospitalaria, ni la Ley del Psicólogo, ni ninguna de esas cuestiones: «Un psicoanalista, en términos freudianos o lacanianos, es un señor que tiene un consultorio. La ciudad lo conoce y lo consulta. No tiene nada que ver con el hospital, ni con la salud pública, ni con la sanidad...» (García, 2001). Lo cierto es que, a pesar de esas cada vez más aisladas opiniones, desde hace ya varios años se observa un fuerte retorno a la valorización del lugar de la investigación en la clínica psicoanalítica, haciéndose especial énfasis en la multiplicidad actual de sus áreas clínicas de inserción, y la necesidad de reformular en cada una de ellas las especificidades de la técnica y las coordenadas del dispositivo, en una labor que, por otra parte, requiere cada vez con mayor frecuencia ser articulada con la de otros actores y efectores del ámbito de la salud mental. Se justifica entonces el renovado interés por examinar sus coordenadas metodológicas específicas.
En este contexto, conviene discriminar dos aspectos esenciales de la investigación analítica: por un lado podemos ubicar aquello que concierne a la investigación clínica, y que remite a la tarea que un analista sostiene en el tratamiento de cada sujeto. Una primera pregunta es si esto podría considerarse de otro modo que como una investigación, dado que esa tarea que el analista debe ir llevando adelante allí, en la singularidad  de cada caso, ¿cómo entenderla, si no es en estos términos? Por otra parte, puede situarse otro nivel del problema, quizás el más difícil de abordar, que es de qué modo ese trabajo de investigación empírica —y el Saber que un analista adquiere en el tratamiento de cada sujeto— podría pasar a ser de utilidad para la orientación de la cura de otros sujetos y tener, además, algún valor para el trabajo de otros analistas. Es decir, cómo podría pensarse su transmisibilidad, en términos de que ese saber así adquirido pueda derivar en alguna abstracción conceptual con cierto valor científico, de algún modo constatable, reproducible y transmisible.

4. Fundamentación de la propuesta.
Esta experiencia parte de las siguientes premisas e hipótesis de trabajo:

  1. Las condiciones más favorables para apropiarse de algún fragmento de conocimiento, se generan al abordarlo desde aquellos interrogantes en los que el investigador está subjetivamente implicado.

  2. Es necesario que esa pregunta singular de cada investigador, para que tenga algún valor científico, pueda articularse en relación al desarrollo de cierto campo de conocimiento, aún cuando implique algún tipo de ruptura con él. Debe ser transmisible, al menos en alguna mínima proporción. Debe situar algún punto de interés más allá del sujeto que la formula; lo cual implica un esfuerzo en la traducción de aquella «inquietud» inicial que a un sujeto se le presenta en relación a un determinado tema. Traducción que se deberá orientar a la posibilidad de formular con alguna precisión aquella pregunta que dé cuenta de los límites a los que llega lo «hasta allí conocido» en determinada materia.

  3. En este contexto, consideramos que el trabajo de investigación, en el marco de una experiencia compartida, es una herramienta indispensable para la formación analítica, y su ejercicio permite un desarrollo profesional difícilmente alcanzable en soledad. El diálogo con los pares y la intervención de los Consultores —tal como se detallará a continuación en las distintas etapas de la experiencia— está orientado a introducir a cada participante en una «transferencia de trabajo» que otorga el marco adecuado, la motivación,  y el compromiso activo con la  tarea, sin que esto vaya en absoluto en desmedro del recorrido singular de cada sujeto investigador en el devenir de su propio deseo de Saber. En este punto, podemos evocar a Peirce cuando señala: «No llamo ciencia a los estudios solitarios de un hombre aislado. Sólo cuando un grupo de hombres, más o menos en intercomunicación, se ayudan y se estimulan unos a otros al comprender un conjunto particular de estudios como ningún extraño podría comprenderlos, [sólo entonces] llamo a su vida ciencia». C. S. Peirce, «The Nature of Science», MS 1334, Adirondack Summer School Lectures, 1905.

International Psychoanalytical Association.

Conviene recordar, sin embargo, que fue el mismo Lacan quien, en una época posterior, puso en cuestión esa intervención, resignificando el valor de la «búsqueda». Como testimonio de ello, podemos encontrar por ejemplo en su Seminario 23, clase del 17/2/1976: «Comienzo a hacer lo que implica el término búsqueda: a girar en redondo. Hubo un tiempo en el que yo era un poco estridente. Decía como Picasso - porque eso no es mío - yo no busco, encuentro. Pero ahora me cuesta más desbrozar mí camino». O en el Seminario 25, clase del 14/3/1978: «Actualmente no encuentro, busco. Busco, e incluso algunas personas no encuentran inconveniente en acompañarme en esta búsqueda» (Seminarios inéditos).

Acerca de las paradojas de la genética, podrá hallarse una extensa examinación del tema en Pulice, G.; Manson, F.; Zelis, O.; obra citada, 2000.

Modalidad semi-presencial para investigadores no residentes en la ciudad de Buenos Aires
La propuesta incluye: 1) la participación en un encuentro mensual en sede con el grupo de investigadores y la supervisión individual del avance de cada trabajo; 2) supervisión clínica grupal en sede e individual (optativas); 3) la tutoría y seguimiento semanal del trabajo de articulación teórico-clínica a través de los distintos medios disponibles en la web por parte de los coordinadores del Programa; 4) la interlocución con el grupo de investigadores en las distintas instancias del dispositivo descritas en el programa, a través de la conformación de un espacio de discusión virtual.